La enfermedad olvidada
Una enfermedad que sufre un 1% de la población mundial.
A punto de cumplir treinta años todo el mundo me dice: estás en edad de comerte el mundo.
Posiblemente sería así, de no ser por un pequeño detalle: Soy Esquizofrénico.
Hace diez años que sufro esta enfermedad mental crónica. Una enfermedad que asusta a la gente. Una enfermedad que es tabú. Una enfermedad menospreciada. Una enfermedad de la que no se habla. Una enfermedad que es la causante de mi miseria económica, social, afectiva, etc.
Os hablaré un poco de mí. He sido toda la vida una persona con un nivel de madurez superior a la edad que tenía. Una persona inteligente, brillante incluso. Pero estoy maldito, tengo un estigma.
Con dieciocho años acabé mis estudios en el instituto y realicé la selectividad con excelentes resultados. Saqué el único diez en matemáticas de toda Castilla la Mancha. Automáticamente, me matriculé en la facultad de Química de mi región, ciencia que me encanta y para la que estoy bien dotado mentalmente. También fue el año que empecé a salir con mi, ahora, ex novia. Estudiaba en Ciudad Real, tenía a mi familia en Albacete, y a mi novia en Madrid. Afortunadamente tenía un pequeño coche que consumía 4 litros de gas-oil a los 100Km, el cual entonces valía unas setenta pesetas el litro. Como os imaginareis, no paraba de ir de un sitio a otro. Entonces la vida me sonreía.
Al año siguiente, empecé a enfermar. Mis compañeros de clase, a los que había dejado atrás en primero el año anterior, empezaron a dejarme descolgado. Aguanté 5 años de carrera, y me volví para mi casa con el rabo entre las piernas, sin haberla terminado y habiendo vivido un infierno.
Por amor propio, comencé estudios de Técnico Superior en Administración de Sistemas Informáticos, acabando el primero de mi promoción. Complementé estos estudios con un máster de programación en java, lo que me abrió de par en par las puertas de Madrid, en cuanto a lo que trabajo se refiere.
Parecía que la vida volvía a sonreírme. Pero entonces, en cuestión de un mes, me echaron del trabajo al enterarse de mi enfermedad; mi novia me dijo que no podía vivir conmigo, con lo cual la dejé; y, por último, perdí a los que yo creía que eran mis amigos.
Estuve 2 años sin salir de mi casa. Literalmente. Todos mis compañeros de promoción estaban trabajando, y yo, que había terminado el primero, era el único de ellos que estaba en paro.
Las relaciones con mi familia y vecinos se degradaban. Cuando conseguí recuperarme un poco, me fui a vivir sólo a un piso que tenían mis padres vacío. Fue un autoexilio por el bien de mi familia.
Después de tres años fuera de circulación, acudí a un servicio de intermediación laboral para minusválidos. De eso hace un año, y aún no me han conseguido ningún trabajo. Ni siquiera he hecho ninguna entrevista.
Vivo sólo, con una pensión de 336,40 euros, y de la caridad de mis padres. No sé por qué el estado carga en las familias el peso de una persona que no puede trabajar. ¿En serio creen que puedo vivir con esa pensión?. Por supuesto que no.
Viendo que no voy a encontrar trabajo en un futuro cercano, y quizá nunca, me he decidido a volver a la universidad. Es una forma de estar ocupado, de relacionarme con gente, etc.
Resumiendo; que con casi 30 años no me como el mundo. El mundo me ha derrotado. Me siento como aquel anciano, sólo y sin razones para vivir, que desea la muerte.
A mis 30 años soy un muerto viviente. Estoy a la vuelta de todo y asqueado del mundo.
Esta es la situación de muchísima gente que padece esta enfermedad. No pretendo explicar en qué consiste la enfermedad. Eso ya deberíais saberlo. Recordad, afecta al 1% de la población mundial. Si no lo sabéis: avergonzaos de ello.
Una de mis ideas paranoides
El día que mi padre quería matarme.
Este pequeño relato que os voy a contar fue uno de mis más graves episodios psicóticos que recuerdo. Lo que os voy a relatar fue totalmente vivido como real por mí.
Espero que os ayude a entender un poco más esta enfermedad.
Una noche de finales de agosto del año 2005, me encontraba discutiendo con mis padres por culpa de lo que, unos días después, descubrí que era un efecto secundario de un medicamento que estaba tomando. Era ya la enésima vez en ese verano que tenía un ataque de ira; y, lo peor, es que no podía evitarlo. Lo extraño es que esos ataques de ira no me los provocaba la enfermedad, sino un medicamento que, irónicamente, estaba destinado a tranquilizarme. Es para reírse.
Ese día les estaba diciendo a mis padres que me iba a vivir con mi novia, que estaba harto de ellos y no sé cuántas cosas más. Hice llorar a mi madre, la cual me preguntó si es que no la quería. Se me salta una lágrima cada vez que lo recuerdo.
Pasada la discusión y, con mis padres muy dolidos, nos fuimos a acostar. Aquí empieza lo que sí causó la enfermedad.
Mis padres estaban durmiendo, pero yo no podía pegar ojo. De repente, y sin venir a cuento, o a cuento de la discusión de momentos antes y de lo mal que se lo estaba haciendo pasar a mis padres, empezó a venirme una idea a la cabeza.
Empecé a pensar que mi padre, con la intención de que yo dejara de sufrir y de que dejara de hacer sufrir a mi familia, me iba a matar aquella misma noche. Recuerdo que pensé: “no opondré resistencia, me dejaré matar sin moverme siquiera; al fin y al cabo, es mi padre y solo quiere mi bien y el de los demás”. Estuve resignado y muy asustado durante al menos tres horas, después de lo que me quedé durmiendo con la almohada empapada en lágrimas.
Al día siguiente desperté. Seguía vivo. Mi padre no me había matado. Me sentí aliviado y decepcionado al mismo tiempo. Una parte de mí hubiese querido morir y, otra parte, se alegraba de seguir en este mundo hostil que son mis percepciones.
En fin, acabaré diciendo que al día siguiente nos fuimos todos a Albacete (estábamos en La Manga del Mar Menor) y, al llegar, fui directo a mi psiquiatra; el cual me recetó otro montón de medicamentos, con maravillosos efectos secundarios, pero que, al menos, no me causaban ataques de ira.
Autoprotección ante la psicosis.
Cómo me enfrento a lo que puede ser una alucinación.
Después de 10 años de ayuda psiquiátrica y psicológica, de auto-análisis de mi enfermedad y de infinidad de experiencias vividas; he llegado a crear un mecanismo de defensa relativamente efectivo para enfrentarme a mis alucinaciones, haciendo que estas hagan el menor daño posible, tanto a mí como a los demás.
Este método solo es útil si el individuo que padece la alucinación es consciente de padecer una enfermedad mental, lo cual, y más en el caso de la esquizofrenia, es harto difícil.
Más adelante relataré cómo llegué a la conclusión de que padecía alucinaciones. Esto es algo que merece un capítulo aparte.
El método puede parecer simple a primera vista, pero no es tan fácil ponerlo en práctica como parece. Además, es un método imperfecto, como explicaré más adelante.
Puede resumirse el proceso conductivo en las siglas N.P.C. (NI PUTO CASO). Efectivamente, en ocasiones oyes un insulto o una amenaza. ¿Qué hacer entonces?. La primera sensación es la sorpresa, a la cual sigue la duda de si lo oído es real o no. Esta duda es perfectamente normal, imposible de evitar, y es mejor que dar por sentado que lo que oyes es real.
Después de la sorpresa inicial, lo normal sería defenderte; ya sea con palabras, con violencia, o poniendo tierra por medio. Es aquí, siempre y cuando la duda esté presente (vuelvo a repetir que debemos dudar de lo que escuchamos y vemos), cuando debemos emplear la táctica de NI PUTO CASO.
Es ahora cuando debemos hacer un esfuerzo mental y tratar de dar por supuesto que lo escuchado o visto (o ambas cosas) no es real. En lugar de dar por sentado que es real (tal y como lo sentimos), debemos concienciarnos de que no lo es.
Es infinitamente mejor tomar la realidad como alucinación que tomar una alucinación como realidad.
Esta técnica puede hacerte pasar (para los ingenuos cuerdos) por tonto, en las ocasiones en las que sí nos estén atacando y hagamos un N.P.C. Pero, más vale eso que no tener una reacción inadecuada cuando percibimos un ataque que no es real.
Por último, tengo que decir que esta técnica nos dejará siempre con la duda, no siempre desvelada, de si lo percibido es real o no, y con sensación de estar enfermo. Ya dije antes que es imperfecta. De momento, no he encontrado nada mejor.
La herencia.
Mi antecedente familiar: la tía Paquita.
Ante la pregunta recurrente de si he enfermado por abusar de las drogas, he de contestar un NO rotundo.
Mi enfermedad es genética, y posiblemente lleve en mi familia siglos. Aunque, yo no puedo remontarme tan atrás.
El antecedente familiar con esquizofrenia más cercano que conozco es la hermana de mi padre, mi tía Paquita.
Mi tía enfermó muy joven, siendo niña, y en una época en la que ni siquiera existían los antipsicóticos.
Solo yo puedo entender el infierno que vivió mi tía durante gran parte de su vida, y el infierno que hizo vivir a mi padre y a mi tío Félix, los dos hermanos con los que mi tía tenía alucinaciones; alucinaciones de las que se defendía con una gran violencia verbal, al ser una mujer (de ser un hombre, la violencia habría sido también física).
Mi padre y mi tío Félix tuvieron que irse de la casa de mis abuelos. Y padecen ambos de una cierta inestabilidad emocional debida a los “malos tratos” involuntarios que sufrieron por parte de mi tía. Esto fue lo que me ha hecho tomar la decisión de vivir sólo.
Aprendiendo, no solo de experiencia propia, sino también de experiencia ajena, he llegado al autodestierro de casa de mis padres y a crear el método N.P.C.
Actualmente, mi tía se encuentra mucho mejor. Creo que no es consciente de nada de lo que le ha pasado y le pasa, aunque ahora de forma mucho menos virulenta. No toma ninguna medicación y, sin embargo, es una persona casi normal.
Viendo a mi tía, me siento afortunado de vivir en esta época, y esperanzado respecto al futuro. Dejaremos pasar el tiempo, pero sin dejar de luchar, a ver qué nos depara el transcurrir de los años.
Mi proceso de asimilación
Cómo descubrí que estaba enfermo.
En mi segundo año de carrera, pedí el traslado a la Universidad de Alcalá de Henares, universidad en la que estudiaba mi novia.
El primer año en Alcalá transcurrió con algunos problemas de convivencia en la residencia de estudiantes, pero sin más historia. Mi noviazgo con Raquel seguía su curso, y los estudios progresaban satisfactoriamente.
Debido a los problemas de convivencia que había tenido en la residencia, decidí compartir piso en las cercanías del Campus al curso siguiente; piso que encontré en la urbanización Parque los Nogales.
Fue ese curso cuando la enfermedad hizo crisis. Comencé a tener alucinaciones cada cinco minutos. Realmente estaba más tiempo alucinando que percibiendo la realidad. A causa de esto comencé a desarrollar un delirio de persecución enorme (ya que las alucinaciones eran siempre insultos y amenazas) y comenzó a darme miedo salir, no ya de la casa, sino incluso de mi habitación. Mi juventud había terminado abruptamente a los veinte años.
Pasé en este estado dos años enteros. Cuando digo que he vivido en el infierno, y que he vuelto con vida de él, me refiero justamente a estos dos años. Os podéis imaginar que no exagero al decirlo.
En ese periodo de tiempo tuve la suerte de ver la película “Una Mente Maravillosa”, en la que encontré muchos paralelismos con la falsa realidad en la que vivía. Fue un punto de inflexión en mi vida: fue la primera vez que me planteé a mi mismo que podía estar enfermo.
Raquel, la que era entonces mi novia, acabó por hacerme ver que yo oía y veía cosas que ella no oía ni veía.
Tras dos años en el infierno más absoluto, Raquel habló con mis padres y les dijo lo que me pasaba. Esto es algo por lo que le estaré eternamente agradecido.
Cuando me planté delante del psiquiatra, yo sabía perfectamente lo que me pasaba, y así se lo expliqué, aunque sin conocer siquiera el nombre de la enfermedad.
Diagnóstico: Trastorno esquizoafectivo de la personalidad, que se traduce en esquizofrenia paranoide, depresión psicótica crónica y grave, y, ansiedad crónica y grave.
Yo soy afortunado. Sólo tardé dos años en empezar a dudar. Hay personas, en mi situación, que se mueren sin saber que están enfermos. Para ellos, el infierno dura toda la vida.